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Junichirô Tanizaki:
“El elogio de la sombra”

Ensayo sobre uno de los principios de la estética oriental.

 

Nos encontramos ante un ensayo sobre estética japonesa —la de verdad, no la de coña—. Como el lector avispado deducirá del título, según Tanizaki el arte y la decoración tradicionales del Japón sólo pueden comprenderse, si no a oscuras, al menos en penumbra.

Tanizaki introduce la argumentación en el sitio más inesperado: el retrete. Estos retretes a la occidental, con sanitarios blancos, brillantes y alicatados hasta el techo, son los peores lugares para la meditación; tanta luz y tanto brillo interfieren de forma negativa con el placer de una buena cagada. Por no hablar del trabajo que dan, siempre hay que estar limpiando esas superficies tan acusadoras... Hay que llegar hasta los remotos monasterios de las montañas para disfrutar de un buen retrete de madera, oscuro, frío y en medio de la libre Naturaleza.

Casa japonesa

Casa tradicional, con amplísimos aleros que mantienen el interior en penumbra.

Tras semejante introito, el lector no puede dejar de interesarse por las tesis de Tanizaki, quien, con autoridad, presenta argumentos en defensa del predominio de la oscuridad: la arquitectura tradicional nipona, de interiores oscuros donde la poca luz que llega entra tamizada por pantallas de papel; los géneros del teatro japonés (nô, kabuki); la especial belleza que toman los materiales decorativos orientales —lacas y jades sobre todo— al recibir un destello en medio de las sombras... cita incluso el efecto de ciertas exquisiteces culinarias, pues la cocina japonesa se mira más que se come. Toda la magia y los efectos estéticos cuidadosamente buscados durante siglos se desvanecen con el pequeño gesto de pulsar un interruptor.

Lacas como ésta deberían verse a la luz de una vela.

Para el que escribe estas líneas resulta difícil juzgar la veracidad de las afirmaciones de Tanizaki, como para cualquiera que no conozca en profundidad el Japón tradicional. Sí hay que reconocer la originalidad del punto de vista, así como la claridad de la argumentación: tenemos aquí un ensayo canónico, irreprochable en cuanto a orden y estilo.

Sin embargo, hay una serie de puntos con los que no puedo estar de acuerdo. Puedo aceptar la tesis central de la importancia de la sombra, pero me cuesta más creer los motivos expuestos, sobre todo en las continuas comparaciones con la cultura europea. El autor intenta justificar la preferencia oriental por la oscuridad por razones climáticas, siendo el clima japonés casi idéntico al europeo, y por razones raciales, metiéndose en enormes complicaciones dialécticas sobre los grados de blancura de la piel (no olvidemos que este Elogio se escribió en 1933).

La parte final del libro es el eterno alegato de viejo cascarrabias en contra de todo lo nuevo, el abandono de las buenas costumbres, el buen gusto, la buena educación y hasta de la buena comida. Dedica unas invectivas atroces contra las humildes bombillas: tremendo, este Tanizaki. De un gusto exquisito, pero, si hay un ABC en Japón, su lector número uno.

Algún día tengo que probar eso de vaciar mis tripas oyendo caer mansamente la lluvia, en un oscuro retrete de madera entre helechos y musgos...

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Última actualización: 10-06-2002

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